Técnicas de estudio
Cómo tomar apuntes en clase (y que te sirvan luego)
Sales de clase con ocho páginas escritas y la sensación de haber trabajado un montón. Tres semanas después abres esa libreta para preparar el examen y no entiendes ni la mitad: frases cortadas por la mitad, flechas que no llevan a ningún sitio y párrafos que podrías haber copiado del manual sin levantarte de la cama. El problema no es tu letra ni tu velocidad escribiendo. Es que estabas transcribiendo en vez de tomar apuntes, y son dos actividades distintas: una ocupa las manos, la otra ocupa la cabeza.
Por qué copiar todo lo que dice el profesor no funciona
Escribir al dictado a toda velocidad consume toda tu atención en la mecánica: oír, retener la frase unos segundos y soltarla en el papel. No queda capacidad para lo importante, que es decidir qué es una idea principal, qué es un ejemplo y qué relación tiene esto con lo de la semana pasada. Sales de clase con el contenido en el papel y prácticamente nada en la cabeza.
Hay además una trampa de calendario. Un apunte literal es un apunte que no has procesado, y ese trabajo no desaparece: se pospone. Lo acabas haciendo el día que te sientas a estudiar de verdad, que para casi todo el mundo es la semana del examen. Mueves la parte más lenta del estudio al momento en que menos tiempo tienes.
Qué es un buen apunte: la prueba de la semana siguiente
Hay un criterio simple para saber si tus apuntes valen algo, y no depende de que sean bonitos ni de cuántos colores lleven. Es este: si dentro de una semana puedes reconstruir la clase leyéndolos, son buenos apuntes. Si necesitas el manual al lado para entender lo que escribiste, has hecho un trabajo de copista, no de estudiante.
Pasar esa prueba exige tres cosas. Que la estructura se vea de un vistazo, con jerarquía clara entre epígrafe, idea y ejemplo. Que gran parte esté escrito con tus palabras, porque una frase reformulada es una frase que entendiste. Y que estén marcadas las señales del profesor: ese "esto suele caer" vale más que media página de contenido y se olvida en dos días si no queda apuntado.
El método Cornell, sin misticismos
El sistema Cornell lleva décadas circulando porque resuelve justo este problema: no te pide escribir más, te pide reservar sitio para pensar. Consiste en dividir la hoja en tres zonas y usar cada una en un momento distinto de la clase.
Montar una hoja Cornell en 5 pasos
- Divide la hoja — un margen izquierdo de unos seis centímetros, la columna ancha a la derecha y una franja de cuatro o cinco líneas abajo del todo.
- En clase, escribe solo en la columna ancha — ideas, ejemplos, esquemas y flechas. Nada de frases completas si puedes evitarlo.
- Deja huecos — mejor media hoja en blanco que apretar el texto. Ese espacio es donde después caben las dudas y lo que añadas al repasar.
- Al acabar, rellena el margen con preguntas — una por bloque de contenido. Preguntas, no resúmenes: "¿qué diferencia hay entre X e Y?".
- Escribe tres líneas de resumen abajo — con tus palabras y sin mirar la columna. Si no te salen, es que la clase no ha entrado.
La utilidad del método no está en las rayas de la hoja, está en los pasos 4 y 5. Son los que te obligan a procesar el contenido el mismo día, cuando todavía te acuerdas de lo que el profesor explicó de viva voz. Si te saltas esos dos pasos, Cornell es solo una libreta con un margen más ancho de lo normal.
Qué escribir y qué dejar pasar
Tomar buenos apuntes es sobre todo decidir qué no escribes. Una guía que funciona en casi cualquier asignatura:
- Escribe siempre literal — definiciones exactas, fórmulas, clasificaciones, fechas, nombres propios y cifras. Es lo único que no vas a poder reconstruir de memoria si lo pierdes.
- Escribe con tus palabras — explicaciones, causas, consecuencias y relaciones entre conceptos. Si lo has entendido mientras lo decían, resúmelo en una línea y sigue.
- Marca en vez de copiar — si el profesor lee una diapositiva que ya tienes, anota el número de diapositiva y solo lo que añadió hablando. Eso es lo que no está en ningún sitio.
- Deja pasar — anécdotas, repeticiones y todo lo que esté igual en el manual. Copiarlo cuesta atención y no aporta nada nuevo.
Ayuda mucho tener cuatro símbolos fijos y usarlos siempre los mismos: una interrogación para lo que no has pillado, una exclamación para lo que el profesor marcó como importante, un asterisco para lo que hay que ampliar con el manual y una flecha para enlazar con otro tema. Tres semanas después, esos símbolos son un mapa de por dónde empezar a estudiar.
Un apunte no vale por lo que contiene, sino por lo que te permite reconstruir tres semanas después.
Los diez minutos después de clase que lo cambian todo
Este es el hábito que más diferencia marca y el que casi nadie tiene. Nada más terminar la clase —en el pasillo, en la cafetería, en el autobús— dedica diez minutos a tus apuntes: completa las frases que dejaste a medias, escribe las preguntas del margen y marca con una interrogación lo que no entendiste para preguntarlo antes de que se te olvide que no lo sabes.
No es solo mantenimiento: es tu primer repaso, y llega en el mejor momento posible. La curva del olvido cae en picado durante las primeras veinticuatro horas, así que diez minutos el mismo día consolidan más que una hora la semana siguiente. Y hay un efecto secundario nada menor: llegas a la semana de exámenes con unos apuntes que ya están listos para estudiar, en lugar de tener que descifrarlos primero.
¿A mano o en el portátil?
Escribir a mano es más lento, y esa es exactamente su ventaja: como no puedes copiar literal, te obliga a resumir, y resumir es procesar. Con el teclado vas tan rápido que puedes transcribir sin enterarte de nada. El portátil gana en clases muy densas de datos, con código o tablas de por medio, y cuando quieres buscar una palabra en todo el cuatrimestre.
Una regla práctica: a mano por defecto y portátil solo si la asignatura lo pide y tú tienes la disciplina de no transcribir. Si usas portátil, cierra todo lo que no sea el documento de apuntes; una pestaña abierta en clase es una tarde entera de contenido perdido.
De los apuntes al examen: convertirlos en repaso
Unos apuntes bien tomados no son el final del proceso, son la materia prima. Si has escrito las preguntas del margen, ya tienes un cuestionario hecho para cada clase: tapa la columna ancha, lee la pregunta y responde en voz alta o en un folio antes de destapar. Eso es active recall puro, y hace que tus apuntes trabajen para ti en lugar de quedarse guardados esperando a la semana del examen.
Lo que suele fallar aquí no es la técnica, es el hueco en la agenda. En Aprofy puedes organizar el temario por asignaturas y temas, montar el plan del día con tareas concretas —"responder las preguntas del tema 3" en lugar de "estudiar"— y poner en marcha el timer, que registra solo el tiempo de cada sesión y lo suma en las estadísticas. Con la fecha del examen en el countdown y los recordatorios ajustados a tus días de estudio, esos repasos cortos dejan de depender de que te acuerdes.
Empieza mañana con una sola clase: divide la hoja, escribe menos de lo que sueles escribir y dedícale diez minutos al salir. Es la única técnica de estudio que se aplica en un momento del día que ya estás gastando de todas formas.
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